En la aldea dormida, la gran palmera se mecía suavemente. Bajo sus frondas y penachos, un hombre miraba al mar. Inmóvil. Sus ojos, fijos en la luna llena que apenas permitía ver las estrellas. Ya no eran las que había conocido allende los mares; las que iluminaban las noches de aquellas lejanas tierras, adonde había partido lleno de entusiasmo. Estas eran de allende los tiempos, las de su infancia. De su tierra. A la que exitosamente había regresado.
La palmera es un vegetal asociado a la vida y a los oasis, siendo vital en los trópicos. La situación geográfica de España la hace especialmente apropiada para su desarrollo. La palmera canaria y el palmito son oriundas de nuestro país. Hay que destacar las que embellecen el “Valle de las Mil Palmeras” de Haría, en Lanzarote, y las que crecen en los barrancos y abruptas laderas de La Gomera. Precisamente en esta afortunada isla se elabora la “guarapa”, un néctar dulce obtenido de la savia de la palma.
La palmera datilera, parecida a la canaria, se ha cultivado desde antiguo. El palmeral de Elche, con 200.000 ejemplares, es el más grande de Europa.
Príncipes del reino vegetal. Esenciales para la subsistencia del ser humano durante siglos en algunas regiones del globo; se han usado como madera, forraje, cestería, artesanía, utensilios de pesca y alimento. Los dátiles son ricos en fibra, magnesio, potasio y niacina, que contribuye al funcionamiento normal del sistema nervioso.
Las palmas simbolizan la victoria y la regeneración; presentes en el judaísmo, han pasado a la tradición cristiana en el rito de la bendición en el Domingo de Ramos y su posterior colocación en ventanas y balcones, para evitar la influencia del maligno»
Los cocoteros, pertenecientes a la misma familia, nos trasladan a parajes idílicos de arenas blancas y mares turquesas. Sus frutos refrescantes, los cocos, son capaces de viajar flotando largas distancias; de ahí su amplia difusión. Su pulpa es comestible y proporciona energía y electrolitos. Numerosos estudios sobre esta planta avalan su efectividad como emoliente, antioxidante, antidiarreico o hipoglucémico.
Las palmas simbolizan la victoria y la regeneración; presentes en el judaísmo, han pasado a la tradición cristiana en el rito de la bendición en el Domingo de Ramos y su posterior colocación en ventanas y balcones, para evitar la influencia del maligno.
¡Ay! ¡bellas palmeras de fino talle! Elegantes señoras que se cimbrean y susurran con el viento. Faros isleños. Emblemas de ultramar. Si viven en un gran jardín junto a buganvillas, magnolios y hortensias, no hay duda: nos encontramos ante una mansión indiana.
Uno de los movimientos más importantes de la historia española aconteció a finales del siglo XIX y a principios del XX. Miles de españoles abandonaron su tierra natal en busca de un nuevo y próspero futuro, migrando al continente americano. Son los llamados indianos, que, al regresar, construyeron grandes mansiones y casonas, demostrando así su éxito allende los mares. Además de sueños de grandeza, también trajeron ideas higienistas que plasmaron en la arquitectura de sus casas: simples, simétricas y con una mayor aireación de las mismas.
Uno de los movimientos más importantes de la historia española aconteció a finales del siglo XIX y a principios del XX. Miles de españoles abandonaron su tierra natal en busca de un nuevo y próspero futuro, migrando al continente americano. Son los llamados indianos»
Argentina, Venezuela, México y Cuba fueron los principales destinos. El prototipo de indiano solía ser un joven con espíritu aventurero, habitualmente soltero, de origen humilde, pero no analfabeto, generalmente procedente de zonas marítimas (Cantabria, Asturias, Cataluña, Galicia y Canarias).
Viajaban en bergantines, goletas o corbetas. Al conocer mundo ampliaron sus ideas progresistas y muchos de ellos, al regresar, emprendieron actividades filantrópicas, financiando escuelas y hospitales con idea de perpetuar su propio éxito.
Así, el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander, nació gracias a la aportación económica de Ramón Pelayo de la Torriente, marqués de Valdecilla. Ramón, apodado el “montañés”, era un joven de gran talento que, como muchos de su generación, partió a Cuba. A su regreso a España sufragó numerosas obras sociales, entre las que destaca la Casa de Salud de Valdecilla, germen del actual hospital. Se instaló en su pueblo natal (Valdecilla), en una finca que consta de un gran jardín y seis edificaciones. Una de ellas, la “Casuca”, fue la vivienda de la sobrina y heredera del marqués, la marquesa de Pelayo. Esta casa se la compró a Felipe Rioz, farmacéutico de la localidad y padre de Miguel Rioz y Pedraza, eminente farmacéutico, académico y rector de la Universidad Central.
Otra de las grandes figuras cántabras a destacar es, sin duda, el primer marqués de Comillas, Antonio López y López. Nacido en 1817 en la pequeña localidad santanderina, de familia hidalga, pero con escasos recursos económicos. Emigró con catorce años a Cuba. Gracias a sus contactos en la isla, casó con Luisa Bru, perteneciente a una familia de la burguesía catalana, lo que le abrió las puertas para emprender exitosos negocios de plantaciones de café, azúcar y tabaco. Posteriormente constituyó una naviera junto a otros socios catalanes. Fundó un banco y participó en la creación de los ferrocarriles españoles. Su gran fortuna y aciertos le granjearon la amistad del rey Alfonso XII, quien le otorgó el título nobiliario.

Aunque fue su hijo Claudio López Bru el auténtico filántropo. Mejoró los intereses de la clase obrera, siendo el alma de asociaciones relacionadas con el catolicismo social; financió la construcción del Seminario Pontificio de Comillas; convirtió su barco “Cataluña” en un buque-hospital con motivo del gran terremoto de Messina, acaecido en 1908, y prestó desinteresadamente ayuda sanitaria en la explosión del vapor “Cabo Machichaco” en la Bahía de Santander. Su residencia, el Palacio de Sobrellano, en Comillas, de estilo neogótico, es una auténtica maravilla, al igual que la “Villa Quijano”, edificio conocido como “El Capricho de Gaudí”, puesto que fue él quien lo proyectó, por encargo de Máximo Díaz de Quijano, concuñado del I Marqués de Comillas.
Viajaban en bergantines, goletas o corbetas. Al conocer mundo ampliaron sus ideas progresistas y muchos de ellos, al regresar, emprendieron actividades filantrópicas, financiando escuelas y hospitales con idea de perpetuar su propio éxito»
Entre el verde y el mar de este bello enclave cántabro, en 1881, y con motivo de la visita de Alfonso XII, se pudo disfrutar por vez primera en una localidad de España de la iluminación eléctrica gracias a un generador eléctrico a vapor.
Bueno es recordar la participación de los farmacéuticos en el nacimiento y desarrollo de la electricidad: en 1850, según informa la revista científica “La Farmacia Española” en su n.º 15, un boticario de Madrid, José Simón Castañer, había expuesto una luz eléctrica en su farmacia de la calle Caballero de Gracia. En 1851, el gallego Antonio Casares Gil, también farmacéutico, instaló un arco voltaico, consiguiendo alumbrar el claustro de la Universidad de Santiago de Compostela. Y en 1852, el barcelonés Francisco Domenech y Maranges, doctor en Medicina y Farmacia, consiguió un sistema que le permitió iluminar su botica y parte de la calle.
Tiempos de innovación: el desarrollo del ferrocarril o la arquitectura modernista hubieran tardado mucho más en llegar sin el impulso de los indianos de fortuna catalanes, como Miguel Biada o la familia Güell.
También muchos audaces gallegos partieron hacia los países latinoamericanos. Al regresar invirtieron sus ganancias en negocios, como es el caso de la farmacia Fábrega (hoy Cobián), en Orense. Famosa por su vidriera principal con el logotipo de la profesión, que el indiano Constantino Añel construyó para su hijo al volver de Cuba. Así, desde Ares a Ribadeo se pueden contemplar bellas edificaciones, testigos evocadores de aquellos tiempos.
Toda esta exposición estaría incompleta sin recordar el magnífico legado indiano en Asturias. Casonas y palacetes con miradores, balaustradas, galerías, torres, buhardillas, bibliotecas, baños y jardines exóticos con grandes árboles, flores y palmeras. Localidades como Llanes, Somao, Ribadesella o Colombres mantienen intacta la huella de entonces. En Colombres se concentra la mayor cantidad de este tipo de arquitectura. La más impresionante es la conocida como la “Quinta Guadalupe”, que en la actualidad alberga el Museo de la Emigración y el Archivo de Indianos. Y las casas gemelas de Florencio Noriega, conocidas como “La Farmacia”, posiblemente porque existiera una en sus bajos.
En las tierras del norte era muy habitual celebrar el regreso del emigrante con una fiesta o reunión de amigos. El cuadro pintado por José Gutiérrez Solana, titulado “la vuelta del indiano”, representa ese instante.
Recordemos que el abuelo del pintor había sido emigrante en México.
Símbolo romántico; el tópico del ascenso social; altruismo… constituyeron sabrosos ingredientes para los literatos de la época: Galdós, Pereda, Palacio Valdés, Rosalía de Castro o Leopoldo Alas trataron el tema.
Lino, seda y algodón; chalecos blancos, levitas, guayaberas, panamás, habanos, relojes de bolsillo; mitones, encajes, abanicos, joyas, sombrillas: elegantes damas y caballeros. Todo un despliegue de fantasía y moda que, al quedar en la memoria de la población, se rememora en las fiestas de muchos lugares. Destacan las de Ribadeo (Lugo), en julio, y la fiesta de los indianos de La Palma, que tiene lugar el lunes de carnaval, tiñendo de blanco la preciosa capital de estilo colonial de la “Isla Bonita”.
Se despertó con un golpe de viento que abrió la ventana del balcón de par en par. Sintió el olor del Cantábrico. El mismo que, pegado a su piel, le había acompañado en su aventura. La fortuna lo había tratado bien. La palmera, símbolo de su éxito, presumida, cimbreó su altísimo talle y lo saludó.
