Rosácea
Nº497
La rosácea es una de las enfermedades cutáneas crónicas más frecuentes en la práctica clínica. Su origen es multifactorial; factores internos y externos pueden favorecer su aparición o desencadenar brotes, por lo que su identificación y control forman parte del tratamiento. Además de las manifestaciones cutáneas, la rosácea puede producir un importante impacto sobre la autoestima y la calidad de vida de los pacientes.
Epidemiología: se estima que afecta aproximadamente al 5,46 % de la población mundial, con una mayor prevalencia en personas de piel clara, especialmente aquellas con ascendencia europea y fototipos I y II. La rosácea puede aparecer a cualquier edad, pero es poco frecuente durante la infancia. Habitualmente se inicia en la edad adulta, especialmente entre los 30 y los 50 años. Es más frecuente en mujeres, quienes suelen presentar formas más leves de la enfermedad. Sin embargo, aunque los hombres se ven afectados con menor frecuencia, presentan un mayor riesgo de desarrollar formas graves, como la rosácea fimatosa.
Etiopatogenia: es una enfermedad multifactorial en la que interactúan la hiperfunción sebácea y factores genéticos, inmunológicos, neurovasculares y ambientales, que desencadenan y mantienen la inflamación crónica. La proliferación excesiva de Demodex folliculorum puede desencadenar una respuesta inmunitaria alterada. Además, la alteración de la función barrera facilita la penetración de irritantes y alérgenos ambientales y exacerba la inflamación.
Factores desencadenantes y agravantes: entre los principales factores desencadenantes o agravantes de la rosácea se encuentran el viento, los cambios bruscos de temperatura, los baños calientes, las saunas y la exposición a fuentes intensas de calor. También puede influir el uso de productos cosméticos inadecuados, determinados medicamentos como los corticoides tópicos, inhibidores de la calcineurina, vasodilatadores y algunos fármacos antitumorales, así como la radiación ultravioleta. Además, algunos alimentos y bebidas, como los alimentos de alto índice glucémico, los ricos en histamina, las comidas picantes, las bebidas calientes y el alcohol, junto con factores como el estrés, la ansiedad, la falta de sueño y el ejercicio físico intenso, pueden favorecer la aparición o el empeoramiento de los brotes.
Manifestaciones clínicas: eritema persistente, flushing (enrojecimiento facial), telangiectasias (arañas vasculares), pápulas y pústulas, edema facial, hiperplasia sebácea, alteraciones oculares, sensación de ardor o picor y cambios en la textura cutánea.
Tipos de rosácea:
- Rosácea eritematotelangiectásica: eritema persistente centrofacial, episodios de flushing y telangiectasias visibles.
- Rosácea papulopustulosa: pápulas y pústulas inflamatorias sobre un eritema persistente.
- Rosácea fimatosa: engrosamiento de la piel debido a la hiperplasia del tejido conectivo y de las glándulas sebáceas.
- Rosácea ocular: sequedad ocular, sensación de cuerpo extraño, enrojecimiento conjuntival y telangiectasias en los márgenes palpebrales.
La rosácea es una dermatosis crónica con un importante impacto psicológico. Debido a su naturaleza visible y persistente, puede afectar al bienestar emocional y social de los pacientes. Puede provocar baja autoestima, ansiedad y estrés, depresión, aislamiento social, sentimientos de vergüenza y frustración e impacto en la vida laboral.
Tratamiento en rosácea
- Tratamiento farmacológico: tiene como objetivos modular la actividad de la glándula sebácea, disminuir la inflamación, reforzar la función barrera, controlar la proliferación del Demodex folliculorum, reducir la hiperreactividad vascular y manejar las lesiones cutáneas asociadas. La elección del tratamiento depende de las manifestaciones clínicas predominantes, la gravedad de los síntomas y la respuesta individual del paciente. El único tratamiento farmacológico de indicación farmacéutica es el ácido azelaico al 20 %, que puede dispensarse sin receta médica. Posee propiedades antiinflamatorias, antimicrobianas, antiseborreicas y queratolíticas y está indicado en la rosácea papulopustulosa leve o moderada. El resto de los tratamientos tópicos requieren prescripción médica. Entre ellos se encuentran brimonidina, metronidazol e ivermectina.
- Tratamiento sistémico: están indicados en la rosácea moderada o grave y requieren prescripción médica. Incluyen principalmente antibióticos e isotretinoína. Las tetraciclinas orales son eficaces por sus propiedades antiinflamatorias y están indicadas en la rosácea papulopustulosa. La doxiciclina es el único antibiótico sistémico con indicación para la rosácea en ficha técnica. La isotretinoína reduce la actividad de las glándulas sebáceas, la producción de sebo y la inflamación.
- Tratamiento cosmético: los productos cosméticos contribuyen al manejo de la rosácea, ayudando a controlar la hipersecreción sebácea, calmar la inflamación, reducir la reactividad vascular, proteger la barrera cutánea y mejorar la apariencia de la piel. Los productos destinados a la rosácea deben formularse para pieles sensibles y reactivas. La higiene debe realizarse dos veces al día, por la mañana y por la noche. Se utilizarán limpiadores suaves, preferentemente con tensioactivos no iónicos o anfotéricos y un pH fisiológico (4,5-5,5), evitando productos con alcohol, fragancias o sulfatos agresivos. La fotoprotección es una parte fundamental del manejo de la rosácea. Se recomienda el uso diario de fotoprotectores de amplio espectro frente a la radiación UVA, UVB y la luz visible, con un FPS igual o superior a 50 y una elevada protección UVA.
El farmacéutico desempeña un papel relevante en la educación sanitaria del paciente con rosácea, proporcionando información sobre su prevención, tratamiento y manejo, y promoviendo hábitos adecuados para el cuidado diario de la piel. Su intervención debe orientarse a favorecer el control de los factores agravantes, reforzar la adherencia al tratamiento y ayudar al paciente a comprender que la rosácea es una enfermedad crónica, no curable, pero sí tratable.
Entre las principales recomendaciones se encuentran mantener una higiene suave y no agresiva, utilizar cosméticos de textura ligera y no comedogénicos, evitar la exposición solar prolongada y las temperaturas extremas, limitar el consumo de alcohol, no fumar, reducir el estrés y reforzar la autoestima. De este modo, el consejo farmacéutico puede contribuir a mejorar el control de los síntomas, prevenir nuevos brotes y favorecer la calidad de vida del paciente.

