Nº495
El envejecimiento de la población ha convertido a la demencia en uno de los principales retos sanitarios del siglo XXI. La enfermedad de Alzheimer representa aproximadamente el 60-70 % de todos los casos de demencia y, pese a los avances recientes en el desarrollo de terapias modificadoras de la enfermedad, las opciones disponibles siguen ofreciendo beneficios limitados. En consecuencia, la identificación de estrategias preventivas capaces de retrasar el inicio del deterioro cognitivo constituye una línea prioritaria. Entre estas estrategias preventivas, los ácidos grasos poliinsaturados omega-3 –especialmente el ácido docosahexaenoico (DHA)– han despertado desde hace décadas un notable interés debido a su papel estructural en las membranas neuronales y a sus posibles efectos sobre la neuroinflamación, la plasticidad sináptica y la función neuronal. Sin embargo, los ensayos clínicos realizados hasta la fecha han proporcionado resultados poco consistentes, en parte por las dificultades para demostrar que la suplementación consigue incrementar de forma suficiente los niveles de DHA en el sistema nervioso central (SNC).
En las últimas semanas, se han publicado los resultados de dos estudios que aportan una mayor evidencia sobre el papel de estos ácidos grasos en la prevención de la demencia. El primero, un ensayo clínico de fase 2a, aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo, evaluó el efecto de administrar 2 gramos diarios de DHA durante 24 meses a 365 adultos de entre 55 y 80 años con bajo consumo dietético de omega-3 y al menos un factor de riesgo de demencia. El objetivo principal consistía en determinar si la suplementación conseguía incrementar la concentración de DHA en el SNC. De acuerdo con los resultados del estudio, la relación DHA/ácido araquidónico en el líquido cefalorraquídeo aumentó significativamente frente a placebo. Sin embargo, este efecto no se tradujo en beneficios clínicos evidentes, ya que tras dos años de seguimiento no se observaron diferencias entre ambos grupos en el rendimiento cognitivo.
En paralelo, en un estudio longitudinal que analizó la relación entre la suplementación con omega-3 y el deterioro cognitivo, se observó que los participantes que referían consumir suplementos de omega-3 presentaron un declive significativamente más rápido. Este efecto no parecía estar mediado por los biomarcadores clásicos de la enfermedad de Alzheimer –depósito de β-amiloide, patología tau o atrofia cerebral–, sino por una reducción progresiva del metabolismo cerebral de la glucosa en regiones especialmente vulnerables a la demencia. No obstante, el carácter observacional del estudio impide establecer una relación causal entre la suplementación con ácidos grasos omega-3 y el deterioro cognitivo.
Se trata, por tanto, de dos estudios que invitan a continuar investigando sobre la utilidad de esta estrategia. Aunque tradicionalmente se ha asumido que el efecto de la suplementación dietética con omega-3 sobre la función cognitiva sería, en el mejor de los casos, de modesta magnitud, su posible asociación con el riesgo de deterioro cognitivo requiere confirmación en estudios específicamente diseñados para determinar si se trata de una simple correlación o si existe un efecto directamente atribuible al omega-3.