El modelo español de farmacia no nació para maximizar cuotas de mercado. Nació para garantizar un derecho. Para asegurar que cualquier ciudadano –viva en el centro de una gran ciudad, en un pequeño municipio rural o en la España más despoblada– pueda acceder al medicamento y al consejo profesional en condiciones de igualdad.
Esa es la verdadera esencia del debate que España vuelve a afrontar estos días.
El reciente informe de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), precedido hace apenas unos meses por otros intentos de abrir grietas en ámbitos como los productos de autodiagnóstico, no constituye un episodio aislado. Forma parte de una larga corriente liberalizadora que, desde hace décadas, trata de reinterpretar la farmacia desde una lógica esencialmente comercial. Y, sin embargo, frente a esa insistencia recurrente, permanece intacta una realidad incontestable: el modelo español de farmacia sigue siendo el servicio más valorado, más accesible y más cohesionado de nuestro país.
La farmacia comunitaria no es una anomalía regulatoria pendiente de corregir. Es una decisión de país. Una expresión concreta de cómo España entiende la sanidad universal, la cohesión territorial y la protección de los ciudadanos”
Porque la farmacia comunitaria no es una anomalía regulatoria pendiente de corregir. Es una decisión de país. Una expresión concreta de cómo España entiende la sanidad universal, la cohesión territorial y la protección de los ciudadanos.
Nuestra Constitución reconoce el derecho a la protección de la salud y encomienda a los poderes públicos garantizarlo. Esa responsabilidad no puede quedar subordinada exclusivamente a dinámicas económicas. El medicamento no es un bien de consumo ordinario. Tiene una dimensión sanitaria, ética y social inseparable de la seguridad del paciente y de la equidad en el acceso.
Por eso la planificación farmacéutica existe. No para limitar arbitrariamente la competencia, sino para evitar que el acceso a la salud dependa únicamente de la rentabilidad económica de los territorios o de la capacidad de concentración empresarial. Allí donde otros modelos han generado cierres, desiertos farmacéuticos y abandono de zonas vulnerables, España ha construido exactamente lo contrario: una red de farmacias cercana, profesional y extraordinariamente capilar que alcanza a toda la población.
Y esa red no se sostiene sobre una curva de oferta y demanda. Se sostiene sobre vocación de servicio.
La diferencia es profunda. Una visión puramente mercantil observa consumidores, tráfico y cuota. La farmacia española sigue viendo por el contrario pacientes, personas mayores que viven solas, familias vulnerables, ciudadanos que necesitan orientación inmediata o simplemente alguien que les escuche y les ayude a entender su tratamiento, su inquietud o su soledad.
Una visión puramente mercantil observa consumidores, tráfico y cuota. La farmacia española sigue viendo por el contrario pacientes, personas mayores que viven solas, familias vulnerables, ciudadanos que necesitan orientación”
Ahí reside el alma de este modelo. Y también su fortaleza.
La pandemia lo hizo visible de manera incontestable. Cuando el miedo paralizaba calles y servicios, las farmacias permanecieron abiertas. Cuando muchos ciudadanos perdieron referencias cotidianas, encontraron en su farmacéutico cercanía, serenidad y seguridad. Lo mismo ocurrió en emergencias naturales, crisis territoriales o situaciones excepcionales en las que la red farmacéutica volvió a demostrar que constituye mucho más que un canal de dispensación: es una infraestructura sanitaria de proximidad esencial para la resiliencia del país.
Resulta significativo que, mientras algunos insisten desde hace años en revisar el modelo bajo parámetros económicos, los ciudadanos mantengan una valoración exactamente opuesta. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), las farmacias son hoy el servicio esencial mejor valorado por los españoles. Y probablemente no exista legitimidad más sólida que esa.
Porque los ciudadanos entienden perfectamente algo que a veces se olvida en ciertos debates técnicos: que la farmacia no forma parte del mercado. Forma parte de la vida cotidiana, de la seguridad colectiva y la confianza social de este país.
España no necesita importar modelos que debiliten la proximidad sanitaria en favor de estructuras dominadas por criterios economicistas. Necesita preservar y fortalecer aquello que ha demostrado funcionar. Un modelo que combina independencia profesional, cohesión territorial, acceso universal y una concepción profundamente humanista de la atención sanitaria.
Esa es la verdadera singularidad de la farmacia española. Y también una de las mejores expresiones de una sociedad que decidió hace tiempo que la salud debía estar por encima de cualquier otra consideración.
