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Farmacia con arte

Un manzano en mi jardín

  • 3 marzo 2026
  • María del Mar Sánchez Cobos
  • Tiempo de lectura 8 minutos

Rojo anaranjado, carmesí y un toque de añil. Los colores del atardecer surgían del blanco lienzo. Lentamente. El artista pintaba la naturaleza, pero no era un paisaje, sino una cesta de brillantes y apetecibles manzanas.

La pasión de Cézanne (1839-1906) por las manzanas refleja, de algún modo, su relación con su forma de entender el arte de la pintura; así, en sus bodegones donde esta fruta es la protagonista, las esferas cromáticas, aparentemente en desorden, se deslizan sobre un blanco mantel en un universo propio.

Paul Cézanne nació entre olivos y lavanda, en Aix-en-Provence (Francia). Mecido por el viento mistral y a los pies de la fascinante montaña Sainte-Victoire, a la que pintó más de ochenta veces. Aunque era solitario, terco y huraño, le gustaba asistir a las tertulias con el pintor Nidon y el farmacéutico Capdeville en el café Deux Garçon, sito en la arbolada rue Mirabeau de dicha localidad.

Los colores del atardecer surgían del blanco lienzo. Lentamente. El artista pintaba la naturaleza, pero no era un paisaje, sino una cesta de brillantes y apetecibles manzanas»

Cézanne tenía una visión particular del mundo. Cuenta el escritor Manuel Vicent, que cuando el artista regresó al sur de Francia desde París, donde había llevado una vida bohemia, se instaló en la casona familiar en cuyo jardín había un manzano, que veía desde su estudio. Parece ser que cuando un lienzo no le gustaba, lo lanzaba por la ventana, y a veces quedaba colgado de las ramas del árbol junto a los frutos. También se dice que su amigo de la infancia, el escritor Émile Zola, le regaló una cesta de manzanas como agradecimiento por haberlo defendido del acoso escolar que alguna vez sufrió. Desde entonces ambos artistas mantuvieron una estrecha amistad.

Zola, escritor naturalista y periodista, animó y ayudó al pintor en su aventura parisina. Es considerado el máximo representante del naturalismo literario. Famoso por su intervención en el caso Dreyfus, que con su artículo “J’accuse” apoyaba la causa de los judíos franceses, y que le costó el exilio en Londres. Aparte de eso, su corpus literario es amplísimo donde se involucra en los acontecimientos sociales de su tiempo, a la vez que narra con detalle la forma de vida de sus personajes. Podríamos detenernos en cualquiera de los párrafos que describen de una manera vívida, llena de color y pasión, la vida de la Francia que le tocó vivir.

No me resisto a transcribir uno de ellos, que a modo de bodegón nos pinta en un capítulo de su novela “El Vientre de París”: “Las manzanas y las peras se apilaban, con una asimetría arquitectónica, formando pirámides (…); las había de piel muy diferente; unas manzanitas de piel roja y blanca, duras y muy dulces, otras de huerto, muy blanduchas, una variedad de reineta de color sanguíneo, manzanas de invierno… Y es que las manzanas, azucaradas y fragantes, la fruta tentadora del árbol de la ciencia siempre ha acompañado a poetas, artistas y pensadores.

Los árboles relucían bajo la lluvia. A través de los cristales se divisaba el huerto envuelto en una neblina que poco a poco se elevaba, dejando un difuso arco iris, que se reflejaba en las pequeñas manzanas. Imaginemos por un momento que nos encontramos en Asturias. Aquí estos ancestrales frutales encontraron su paraíso. Las plantaciones conocidas como pumaradas visten los valles y praderas del Principado. Al llegar la primavera, la brisa acaricia las ramas de los manzanos dejando caer una lluvia de pétalos blancos sobre la tierra. Recordar este prodigio de la naturaleza, ¿aliviaría la melancolía que el gran ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos, deja entrever en el famoso retrato pintado por Goya?

Jovellanos, político ilustrado, jurista y escritor, es una de las personalidades más importantes del siglo XVIII. Autor de una ingente cantidad de obras de temática diversa, menciona en sus diarios su interés por el cultivo de la manzana y la elaboración de la sidra. En su “Discurso sobre los medios de promover la felicidad en Asturias”, recomienda a la Real Sociedad de Amigos del País de Asturias la forma de recolectar la manzana, exprimirla, embarrilar, embotellar y conservar la sidra.

La sidra está relacionada con la alegría. No debido a su grado alcohólico que es bajo, (entre 4 y 8 grados) sino porque, entre gaitas y tambores, está presente en ferias, fiestas, mercados y romerías. Su elaboración a partir del zumo fermentado de la manzana se pierde en la noche de los tiempos. Alemania, Francia, Inglaterra producen esta bebida, pero es en el norte de España donde se prepara desde antaño, siendo la natural la que debe escanciarse, para ser consumida. Es todo un arte que forma parte de la tradición de los pueblos norteños, especialmente en los asturianos. Es, como decía Pío Baroja, un ejercicio de prestidigitación.

Dice un refrán popular ingles que “an apple a day keeps the doctor away” lo que quiere decir que tomar una manzana al día mantiene alejado al médico»

Dice un refrán popular ingles que “an apple a day keeps the doctor away” lo que quiere decir que tomar una manzana al día mantiene alejado al médico. Desde el punto de vista nutritivo esta fruta aporta potasio y vitamina C. Tiene un alto contenido en hidratos de carbono en forma de fructosa, sacarosa y glucosa. También posee diversos flavonoides y procianidinas de gran actividad antioxidante, así como cantidades apreciables de fibra, siendo la pectina la fibra principal. La pectina es un agente gelificante que interviene en el tiempo de tránsito intestinal y en la absorción de nutrientes, contribuyendo a la microbiota intestinal. Igualmente hay estudios que proponen que puede reducir el colesterol y el metabolismo de la glucosa. Existen una serie de complementos alimenticios que pueden administrarse en cápsulas o jarabes, cuyo ingrediente principal es dicha pectina.

Desde las pequeñas manzanas silvestres hasta las gigantes del Japón, se conocen unas diez mil variedades distintas. Su sabor, fresco y fragrante, ha estado unido al ser humano desde que fue expulsado del Edén. Una tras otra, las diversas generaciones han ido elaborando diferentes maneras para consumir tan atrayente fruto. Desde recién cogido del árbol, hasta las fórmulas gastronómicas y reposteras más sofisticadas, que han ido impregnando las viejas cocinas con su aroma cálido y suave. La lista es larga: zumos, purés, licores, compotas, bizcochos, tartas; caramelizadas, al horno, en ensaladas e incluso en asados. Muchas de estas recetas han pasado a ser postres típicos tradicionales, como la Tarta Tatin (Francia), o la Apfestrudel (Austria y sur de Alemania), que se ha convertido en todo un icono cultural.

La manzana siempre ha tenido muchas connotaciones simbólicas. El símbolo más extendido es, sin duda, la del fruto prohibido. O la malignidad, en el cuento de Blancanieves»

La manzana siempre ha tenido muchas connotaciones simbólicas. En la actualidad, la manzana mordida de Apple es omnipresente. Y no olvidemos la leyenda de la caída de la manzana, para que Newton formulara su teoría de la gravedad. Pero, el símbolo más extendido es, sin duda, la del fruto prohibido. O la malignidad, en el cuento de Blancanieves.

En los cuentos populares abundan las manzanas de oro, relacionadas con la guerra de Troya o con los trabajos de Hércules. Presentes en la mitología griega, a través de la heroína Atalanta quien no se pudo resistir al bello brillo de las mismas. Este relato está representado magistralmente en el lienzo pintado por Guido Reni, que se conserva en el Museo del Prado.

En el Museo del Prado abundan las manzanas. Las podemos hallar en bodegones, como el de Sánchez Cotan “Bodegón de caza, hortalizas y frutas” e imaginar al autor atando una a una las cuerdas de donde penden las manzanas. O en el titulado “El paso de la laguna Estigia” de Patinir, donde violetas, rosas y azucenas, se cobijan bajo un maravilloso árbol cargado de hermosas manzanas.

Pero no solo “crecen” en el Prado: Sorolla las pintó con una niña; Arcimboldo, en sus retratos alegóricos; Magritte, en su autorretrato “El hijo del hombre”, donde un personaje de bombín y traje tapa su cara con una manzana verde. Las cosechó Pissarro. Y Renoir las dibujó en un frutero azul.

El sol del atardecer acarició tímidamente la copa del frutal, dejando que un trazo anaranjado, añil y carmesí tiñera las suculentas manzanas. Paul Cézanne enarboló su pincel. Y pronunció su célebre frase: “Con una manzana quiero asombrar a París”.

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