Nº491
Las enfermedades infecciosas suponen un grave problema sanitario, representando la segunda causa de mortalidad y la primera de pérdida de años de vida ajustados por discapacidad en el mundo. El control y el tratamiento de este tipo de enfermedades es complejo, siendo el objetivo principal en su terapéutica el suprimir o inhibir el crecimiento de los agentes patógenos causantes, sin dar lugar a efectos indeseables en el paciente y evitando su propagación a nuevos hospedadores.
El descubrimiento y la implementación terapéutica de los antimicrobianos, hace ya casi 100 años, supuso un hito en el tratamiento de las enfermedades infecciosas. Aunque, en ocasiones, los términos antimicrobiano y antibiótico se emplean indistintamente, en sentido estricto, el primero de ellos presenta un significado más amplio, agrupando clásicamente tanto a los antibióticos (compuestos naturales) como a los quimioterápicos (compuestos de síntesis).
El uso incorrecto de los antibióticos puede conducir a que se produzcan cambios en determinadas bacterias o permitir que ciertas bacterias se vuelvan resistentes a ellos, lo que conlleva que las infecciones sean más difíciles de tratar, las hospitalizaciones sean prolongadas y exista mayor riesgo de mortalidad.
Existen diferentes tipos de resistencias a los antimicrobianos, las principales se recogen en la Tabla 1. Un microorganismo presenta resistencia natural a un antibiótico cuando es insensible a la acción de éste por no disponer de la diana de acción. Un ejemplo de ello serían los micoplasmas y los antibióticos betalactámicos, ya que dichos microorganismos carecen de pared celular, diana de estos compuestos.

La resistencia intrínseca tiene lugar cuando todas, o la mayor parte de las cepas de una especie bacteriana, son insensibles al efecto inhibidor o bactericida de un antibiótico. Este fenómeno puede deberse a las características particulares del antibiótico o de la bacteria, que conducen a que el acceso del fármaco al lugar específico de acción se encuentre impedido, o a modificaciones naturales en la diana farmacológica y, especialmente, a la presencia característica y propia de un mecanismo de resistencia en toda la población. Un ejemplo lo constituyen las enterobacterias y los macrólidos, ya que estos son antimicrobianos demasiado voluminosos y no pueden atravesar la membrana externa de esta clase de microorganismos.
La resistencia adquirida, en una especie bacteriana, está originada por mutaciones en genes cromosómicos o por la adquisición de elementos genéticos exógenos (plásmidos, transposones, integrones o secuencias de inserción) por transmisión horizontal. Un ejemplo representativo de este caso sería la resistencia de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (SARM) frente a los antibióticos betalactámicos.
Sin embargo, independientemente del tipo de resistencia que presente el microorganismo, el requisito imprescindible para que esta se ponga de manifiesto es la presencia de antibióticos. A través de la denominada selección adaptativa, los microorganismos resistentes perduran.
En las diferentes poblaciones bacterianas existen los denominados mutantes resistentes, es decir, bacterias que de forma natural no se inhiben por concentraciones de antimicrobianos que normalmente sí inhiben a la mayoría de los microorganismos pertenecientes a esta población. Al someter una población bacteriana, que integra mutantes resistentes, a la acción inhibitoria del antibiótico, puede producirse efecto en la subpoblación sensible, mientras que la subpoblación resistente puede continuar desarrollándose, llegando incluso a sustituir a toda la población bacteriana (es lo que se conoce como proceso de selección).
En condiciones habituales (empleando una dosis, una pauta y un tiempo de tratamiento adecuados), los procesos de selección no se ocasionan o tienen una trascendencia clínica irrelevante. No obstante, ciertas malas prácticas, como el abuso en el empleo de los agentes antimicrobianos y su utilización inapropiada, a lo largo del tiempo, ha ocasionado una gran presión selectiva, favoreciendo un aumento sin precedentes de las distintas poblaciones resistentes. Sin embargo, los procesos de selección y emergencia de poblaciones bacterianas resistentes pueden evitarse teniendo en cuenta los siguientes aspectos:
- El antibiótico utilizado: debe elegirse aquel para el cual la población bacteriana presente una baja frecuencia de mutantes resistentes.
- La dosis empleada: las dosis elevadas de antibióticos pretenden lograr unas concentraciones de antibiótico en el lugar de la infección que, incluso, sean capaces de eliminar los mutantes resistentes.
- La asociación de antimicrobianos: ya que la probabilidad de aparición de mutantes resistentes a dos antibióticos distintos es muy baja.
El fenómeno de las resistencias es, por tanto, una cuestión de relevancia global, ya que trasciende más allá del paciente al que se le administra el tratamiento antimicrobiano y constituye un verdadero problema ecológico y de salud pública. A lo largo de las últimas décadas se ha producido una rápida y preocupante diseminación de bacterias resistentes (y multirresistentes) que de manera habitual se encontraban en el entorno hospitalario, hacia el entorno comunitario y el medio ambiente, apareciendo nuevos y diferentes mecanismos de resistencia que condicionan y limitan el arsenal terapéutico actual. Sin embargo, el descubrimiento y la disponibilidad de nuevos antimicrobianos es cada vez menor.
Las cifras son inquietantes: según un informe del pasado año de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los microorganismos causantes de una de cada seis infecciones bacterianas habituales, confirmadas en el laboratorio, resultaron resistentes a los tratamientos con antibióticos en 2023. Entre los años 2018 y 2023, la resistencia a los antibióticos aumentó de forma notable, en más del 40 % de las combinaciones de patógeno-antibiótico monitorizadas, lo que supone un incremento anual medio de entre el 5 % y el 15 %.
Por todo ello, debido a la gravedad de la situación actual y las previsiones para los próximos años, se han ido implementando diferentes medidas para hacer frente al problema de las resistencias. Entre ellas, en España, se encuentra el Plan Nacional contra la Resistencia a los Antibióticos o los Programas de Optimización del Uso de Antibióticos (PROA), entre otras y, a nivel internacional, numerosas iniciativas que cuentan con el aval de grandes organismos e instituciones, como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la OMS o la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA). Lo que es innegable es que se requieren actuaciones rápidas y flexibles, las cuales deben estar orquestadas por expertos multidisciplinares y con una adecuada y amplia formación, lo cual nos incluye a nosotros, los farmacéuticos, como profesionales sanitarios.

